jueves, 1 de mayo de 2014


Singapur, ¿el país perfecto?

Por Jorge Queirolo Bravo, escritor, historiador, periodista, viajero y crítico literario

¿Existirá el país perfecto? Difícil saberlo. Los criterios sobre los diferentes países son tan dispares, que las respuestas necesariamente no van a coincidir. Lo que sí creo, es que existe uno que al menos aspira seriamente a serlo: la República de Singapur. Si lo ha conseguido o no, eso es algo que dejo al buen criterio de cada lector. Por lo pronto, me limitaré a describir mi paso por esta pequeña isla – estado, que ha sido señalada por muchos hombres de negocios como la Suiza del sudeste asiático. La primera impresión, la que recibe un recién llegado al arribar por tren desde Malasia, es un tanto intimidante: un letrero advierte que en Singapur los traficantes de droga son castigados con la pena de muerte. Acto seguido a uno le indican que debe dejar su equipaje al lado de una reja metálica y en cuestión de segundos aparecen unos perros, de esos que ni ladran, a olfatear las maletas desde el otro lado. Es como para no llevar ni una simple aspirina, no vaya a ser cosa que resulte una sustancia prohibida o ilícita. Uno nunca sabe. Con todo, el trámite migratorio es bastante rápido y sin mayores ceremonias.
En cuestión de minutos estoy en la calle soportando el húmedo y habitual calor tropical de esta zona, que para mí resulta agobiante después de haber estado expuesto un par de días antes a temperaturas de hasta 35 grados Centígrados bajo cero. Eso fue en el gélido invierno del norte de los Estados Unidos, concretamente en Spokane, Washington. Tomo un taxi que me lleva a un hotel, me registro en la recepción, dejo mi mochila en la habitación que me asignan y salgo a explorar este paraíso del consumismo y de la era de globalización extrema que ahora vivimos. Las calles están abarrotadas de gente que circula ordenadamente, abundan las áreas verdes, no se ven mendigos y el metro o ferrocarril subterráneo luce impecable. Todo se ve muy moderno, limpio, próspero y pacífico en Singapur, adjetivos notables si consideramos que al momento de la independencia, en 1965, en su territorio no había nada digno de resaltar, excepto pantanos, jungla, decadencia y pobreza. Sí, mucha pobreza. ¿Cómo llegaron a ser un tigre en lo económico y de los de verdad? Por si acaso, lo último va como una indirecta para Chile, que pese a sus delirantes pretensiones de grandeza y desarrollo todavía no llega ni a la categoría de cachorro de gato a punto de ser destetado. Volviendo al tema original, es sorprendente que una isla diminuta haya llegado a tal nivel de prosperidad, cuando ni siquiera posee recursos naturales para explotar.
No es mi intención ahondar en el tema económico, sino que más bien pienso hablar de las múltiples atracciones turísticas. Son bastantes y están pensadas para entretener, sobre todo, a los amantes de la naturaleza. Una de ellas es una excursión a la cercana isla Sentosa, en la que existe un parque de atracciones, un jardín de orquídeas, un acuario muy bien equipado e incluso canchas de golf. En la isla principal vale la pena visitar el zoológico, que es muy completo y asombra por la variedad de la fauna que exhibe. Otro dato sorprendente, es que por estos lares se dan el lujo asiático de tener una reserva ecológica con lo que queda de bosque nativo, hecho muy meritorio si consideramos que todo el país tiene una superficie de apenas algo menos de 700 kilómetros cuadrados.

A simple vista todo parece demasiado bonito y bien logrado, pero ojo, la intolerancia y la represión son una característica de la que las autoridades locales sienten un no disimulado orgullo y ningún remordimiento posible. En Singapur no existe ni se conoce la prensa libre y la censura no solamente abarca lo informativo, sino que incluso llega hasta a las expresiones artísticas como el cine y el teatro. El gobierno conduce a la nación con mano de hierro y prácticamente sin oposición real ni disidencias o protestas. Toda trasgresión, hasta la más mínima, se penaliza con severidad y para muestra basta un botón: ir a un baño público y no tirar la cadena es una infracción que se castiga con una multa altísima. Si los países latinoamericanos aplicaran la misma norma, a lo mejor podrían pagar la deuda externa con los montos recaudados. ¿Alguna duda al respecto? No voy a entrar a detallar los artículos del código penal que rige por allá, pero si vas a Singapur no lleves chicles: su posesión es ilegal y está penada por la ley. Lo que sí puedo decir, es que de todas maneras recomiendo visitar este curioso enclave asiático, cuya silueta de rascacielos construidos bajo las reglas “feng shui” se distingue desde lejos y que tiene un puerto tan activo, como grande y eficiente. Si te aburres de tanta disciplina impuesta desde arriba, siempre puedes regresar a la cercana, hermosa y algo más relajada Malasia. De verdad no queda lejos. ¡Que te diviertas!